El sol de las seis.

El paisaje no espera a nadie. Aparece con toda su poesía sin avisar la hora ni el lugar. Siempre es así: no importa qué esté haciendo. La mirada se me queda imantada cuando me choco con esas pequeñas revelaciones.

1- La calle está llena de tierra. No sé qué estarán tratando de construir, pero levantaron, en los bordes de unos pozos lo bastante grandes como para que entre un tipo parado, montañas de barro y piedras. Y todo el santo día la tierra está suspendida en las esquinas. Si uno trata de ver un par de cuadras más adelante sólo ve una cortina grisácea que desdibuja casi todo. En los atardeceres naranjas, cuando en el barrio las veredas y las casas ennegrecen y el cielo escupe las últimas luces rojas del día, el polvo se cristaliza y se ilumina, congelando a toda la cuadra en una burbuja de luz intensa, partida por las sombras largas  -violáceas- y los contornos filosos de las personas que siempre a esa hora caminan sin parar.

2- El colectivo rodea la plazoleta. Un nene trata de hamacarse con todas su fuerzas. Más abajo, en el pasto, un perro juega a esquivar la hamaca y da tarascones en el aire. El nene aprovecha el último envión para dar un salto hasta el suelo. El perro se asusta, ve al nene correr hacia el centro de la plazoleta y lo persigue, pero en la mitad del camino se cruza con otro perro y empiezan a correrse entre ellos. El nene llega hasta la pequeña fuente despintada y seca que hay en el medio de la plazoleta. Se junta con un amigo. Ni los nenes, ni los perros, advierten en el cielo un delicioso azul verdoso, y en la calle, un colectivo que desaparece echando humo.

Parece ser así. Un dibujo, más que de líneas y valores, está hecho de momentos. Momentos mirados. Momentos aprehendidos con el trabajo de la mirada. Se dibuja, se pinta y se pone cada línea con todo lo visto que uno lleva puesto. Por eso el dibujo no se detiene nunca, porque cuando unos ojos se cierran otros más profundos e indecibles se abren en la calle terrosa o la plaza del recuerdo.

Quiero aprovechar esta oportunidad para hablar del sol de las seis. No hay, en toda la franja horaria que nos tocó vivir, sol más maravilloso que el de las seis de la tarde.

1- Vino viajando en esos vagones que no tienen luz. Cuando el tren cruzó el descampado que da al ocaso pudo ver el sol achatándose contra los árboles, reducidos a miserables manchitas bajo el cielo enardecido. El tren fue un detalle del atardecer. Ahora, después de bajar en estación de la plaza, cruza la feria entre los tilos y advierte, en las frondas altas y cristalinas, la presencia clara y sutil del sol de las seis. Todos los colores están, en este preciso momento, orquestados por una luz viva que viene de lejos, desde un lugar que nunca nadie pudo ver y, a las seis de la tarde, emerge del centro de la tierra para renovar los días.

2- Se cae, el trajín que llevó a cuestas por fin lo vence, y se cae. Él un poco se deja. Ya fue suficiente, es hora de volverse otro. Entonces se cae. Pero no llega de inmediato hasta el suelo. Cae en cámara lenta. Primero entrecierra los ojos, se desenfoca, le quita un poco de luz a su mirada. Después se extiende sobre las cosas que durante el día miró de lejos: las casas, la calle, los campos y, especialmente, los árboles. Se detiene entre las, se hace más oscuro en su tejido apagado y mudo. Allí se queda un segundo, agazapado como un gato, o como uno de esos pájaros que parecen hechos de la misma madera que el tronco que habitan. Espera hasta el último momento. Cuando el tiempo que le fue concedido para caer está por terminar se lanza al suelo y, por arte de magia, desaparece. Lo que queda en el barrio, eso que llamamos noche mientras caminamos y fumamos, no es más que la ausencia fría del sol de las seis. 

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