Subimos

Había viajado con los párpados enceguecidos por el esplendor ocre del camino. Soltaba la mirada entre las ventanas del micro para escapar un poco de ese ambiente enceguecedor.

Siempre el mismo color invasor.

El lugar me tomaba de a poco. Trataba de quitar prejuicios de mi mano, mi ojo, y vaciarme. Tanta estructura estaba desarmando.  

El aura de los cerros entró tan fuerte que me tumbó. Empecé a sentir en los viajes un extraño adormecimiento lúcido, con cierta dificultad para reconocer el pasado inmediato, pero impregnado de la potente sensación de haberlo vivido hundido en esa pasta clara de la montaña. Bajar del colectivo era como despertar o emerger a un tiempo detenido en ese estado contemplativo.

El silencio de Santa María se desprendía del cielo. Buscamos un lugar para dormir, estuvimos caminando un rato largo hasta dar con una casa de familia. Cruzamos el pueblo, mudo, de punta a punta, oculto a nuestra primera mirada.

El paisaje se abrió al atardecer.

El paisaje nunca se abre a primera vista. No aparece así no más con todo su interior en la mano. “No soy de los que se bajan del tren y enseguida se  despachan un efecto de luz”, decía Gauguin. Y sí, maestro, usted tiene razón, al paisaje hay que masticarlo, “de la contemplación nace la flor”, podría agregar Hernández.

 Hay que ver con los ojos cerrados, palpar las vidas que se debatieron bajo ese cielo. Hay que dedicarse, y aún así, nada de eso es garantía de que el paisaje se abra. Templar el espíritu tal vez sea lo más importante, dejarlo limpio y sin peros ante la inmensidad. Entonces un día… se respira con otro ritmo.

Una de las grandes reflexiones de Mandrioni sobre el Hombre y la poesía viene como anillo al dedo. Nuestro querido filósofo escribe que a través de la palabra nos abrimos al mundo y él, a su vez, devuelve la gentileza. Pero la verdadera génesis de esta relación mutua de apertura la podemos vislumbrar en la siguiente afirmación:

“…todas las cosas se abren las unas a las otras. Así, el árbol plantado a la vera del camino junto a la ventana, se abre a la tierra en cuyo interior implanta y prolonga sus raíces, se abre a otros árboles que lo rodean, se abre a las aves que recoge en sus ramas o que lo sobrevuelan, se abre a los caminantes y al azul del cielo que lo cobija.” (Mandrioni, Hombre y poesía)

Gracias profesor. Debemos estar dispuestos  a que el paisaje abra un surco en el medio de nuestra frente.

El cerro, su aura

Estoy llevando el recuerdo muy hacia atrás, los ojos se me van a dar vuelta, necesito estar acá, pisar este tiempo.

Marcos camina un poco adelantado. Subimos, nos alejamos del pueblo por una calle que se deshace de a poco. Subimos. Miro mis zapatillas, levantan polvo y arenilla, crujen entre las suelas y el suelo. Más adelante –no mucho- los pies de Marcos aparecen y desaparecen. Caminamos con el cuerpo un poco encorvado, no hablamos, subimos. Alzo la cabeza, a mi izquierda la ladera baja. Veo el valle hondo, próximo y lejano, contenido y desabrido. Más arriba el camino dobla y ya casi no se ve, es todo cerro. Subimos. Marcos se frena, gira el cuerpo hacia el valle.

El sol baja atrás nuestro y salpica, desaliñado, casas y pastos contra un fondo azul violeta. Retomamos el paso. Sabemos que no vamos a parar hasta encontrar qué pintar aunque no tengamos idea de lo que pueda llegar a ser. También sabemos que si encontramos un motivo, siempre habrá otro más allá; y sabemos también que seguiremos hasta descubrirlo, o hasta que lo dejado atrás nos empiece a llamar con la suficiente insistencia como para volver.

 Subimos. Doblamos, tenemos el sol a nuestra derecha. Miro el pueblo, profundo, coronado por la luz. Marcos avanza mirada al frente, está decidido a caminar todavía más. Subimos  otro poco y vemos corrales, espacios que antes se estrechaban, sinécdoques.

Aparece el viento, se enfría el aire, nos ponemos las camperas que el primer sol nos había hecho parecer demasiado abrigadas; este otro ya empieza a despedirse y nos alejamos. Subimos. Caminamos sin camino. El cerro se limpia, se quita lo que le sobra, se desnuda al lado nuestro. Llegamos hasta una gran piedra, casi blanca, casi amarilla, casi gris. Domina la subida, a punta al valle, recibe toda la constelación de la quebrada de lleno, el paisaje está impreso en su superficie áspera. Seguro que por las noches se convierte en cóndor y vuela por todo el lugar.

Paramos. El silencio se hace brisa fresca, rumor incomprensible, color transparente. Es un buen lugar para trabajar.

Nuestra alma subía y, con la montaña, se despojaba de lo innecesario. Tal vez un día se libere hasta de ella misma. Creo que todavía estamos subiendo, que apenas empezamos a intentar quitarnos un poco de peso. Sí, apenas empezamos a intentar. Ahora, mientras escribo, sigo subiendo. Ese camino que se desdibujaba antes de doblar se rearma todos los días. Sigo firme, norte mío, un día seremos uno. Es necesario volver otra vez para que no se me distraigan los pies al andar .

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