Un pasto solo

Un solo pasto es hermoso: crece lento, mecido por el viento; dócil, se deja curvar; callado, recibe a todos los insectos; agradecido, se eleva hacia el sol; sereno, espera la lluvia, espera… su canto, suave, acaricia el aire.

Y a su lado otro pasto, dos instantes de vida vacilando a la par. Y junto a ellos otro, la cabeza entregada a los brazos de una brisa. Y uno más, ya es una danza, ya es un pastizal, una extensión demorada a la par del cielo. Y más allá el río, más allá el mar, creciendo desde un solo pasto que atesora toda la delicadeza del paisaje.

Un solo pasto es hermoso y en mi pintura es apenas una línea, cómo hacerla cantar y decir que somos, el pasto y nosotros, un mismo ser que se dobla y crece.

Ay, juanele, vos, junto a una hierba, ves con tanta profundidad…

“Quién de su exaltación pura de cirios

cuando el atardecer, abajo, se ha perdido?

Y quién de su silencio, fluido y algo fosfórico,

en la gravitación de los rocíos eternos,

y de sus saludos casi íntimos

que hacen nevar, aún más, la luna,

o encenderla de votos fragilísimos en una duda de ángeles?

Oh, quizás algo sordas, su corazón es así

de los imanes insospechados de una luz que no sabemos,

pero se alza gentilmente y se inclina gentilmente

en el círculo de la más perfecta adoración,

igual a un surtidor que no olvida

a su deidad oscura,

y alterna con los otros, sus hermanos, una dulce medida,

en el rito más aéreo…”

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