Las coplas llegan hasta mi cuarto

Un baño a la tarde, una conversación intrascendente en el patio de la hostería, la poca luz de mi habitación, mi cuerpo: todo pasó a ser transparente. Hablaba, sí, pero todo mi ser, mi más íntimo y precario ser, estaba bajando a la ceremonia. Cruzaba el patio, sí, pero mi alma estaba con los collas que preparaban sus sombreros para la procesión. Compartía mis experiencias con otros viajantes, pero sólo por mi interior corría turbulenta la certeza –extraña sensación- de estar donde debía.

Creía que transitaba solo por esas opacidades andinas, más ahora me doy cuenta del gran abrazo, cálido y solidario, que la comunidad me regalaba en la fiesta, en la penumbra, en el rezo del Rosario que se consumía con el sol. Yo también fui fuego encendido aquella noche, yo también quise arder en el seno espiritual de la montaña; y muchos más también quisieron, y todos juntos fuimos, y nos encendimos, y esa luz permanece aún hoy, radiante.

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