El cerro, su aura

La ruta dobla y vuelve a doblar. Serpentea. El pueblo, apretado, aparece de golpe y estrecha el camino. Las casas parecen resistir los embates del tiempo igual que las rocas. Despuntó el amanecer y el sol se eleva sobre el vado por donde pasa el río. El caserío ensombrecido, todavía fresco, se nimba de paz. Un  motor, ladridos, las cerdas de una escoba contra el suelo.
Una anciana camina con sus bolsas: un pañuelo envuelve su cabeza y baja por su espalda agarrado a su cintura. Se apoya en un bastón tan frágil como ella, ninguno de los dos detiene su ritmo. Van por la ruta. Todos van por la ruta, casi no hay otro lugar por donde ir.
Silencio.
El pueblo emerge de la aurora bajo el aura del cerro ¿Se verá de lejos? Tal vez se vea solo la montaña transparente y ni rastro de él, pueblito pobre, inmerso en el azul, sobreviviendo con su gente, sus bicicletas, sus perros, su altura, su existencia olvidada sobre el camino, su tristeza, su fachada resignada al abandono, su espiritualidad profunda.
Un hombre se sienta todos los días en la calle a ver el mismo cerro en soledad. Ese hombre es el cerro, es el pueblo, y es la ruta. Mi pintura debe transformarse en esa experiencia de las poblaciones andinas, en él-lugar-, en esos espacios desarmados por la luz. Sólo así podrá calmar mis ojos, crecer desde mi sal, serenar mi cuerpo, liberar mis manos de prejuicios, entibiar mi frente y mi corazón, hilvanarme en la espalda el trabajo y la montaña.

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