Vuelvo

Vacías las galerías de mi alma , iré hasta la cima del cerro mas encendido y esperaré. El viento envolverá mis piernas, su canto hará espacio en mis ojos, y dejará entrar todo lo que no abarcan mis pobres palabras. Las personas del lugar se fundirán, una vez más, con su otredad.
Puedo ver el rostro de una mujer con su pañuelo en la cabeza,  puedo ver su piel llena delas hendiduras de los cerros, puedo ver sus ojos entrecerrados, resguardados en sus pestañas. Pero no puedo ver su corazón.
Es como el paisaje. Hay que mirar con algo más que sólo ojos. Su pañuelo es nube púrpura, su abrigo cielo azul a la sombra de su boca reseca, sus manos  sol de tierra que sostienen su cruz.
Y esa mujer está al lado de otra, y otra, y son tantas como los amarillos que bajan centelleando, pesados, casi dorados, y se saludan, se miran, sonríen, hablan bajito, caminan, y sigo sin ver.
Saben que pronto estarán cantando se volverán canto antiguo, resonancia de plaza, y que en su canto estará su rezo, hecho melodía y cóndor.
Ahora estoy parado entre la luz detenida en la arenilla que levanta la mañana en la quebrada, pienso que viajo otra vez al norte para terminar algo que empecé hace tiempo o para no terminarlo nunca.
 Es su resplandor, pueblos de adobe, es su silencio intrínseco, su suelo amarillo, son ustedes que parecen desprenderse directamente de la montaña, del mismo color del cerro, los veo bajar desparramados, sin orden alguno, casi hasta la ruta. Nacieron lentos, como los cardones del lugar.

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