Por ejemplo, Ricardo Vilca

Entre las voces bajas de las personas, con un poco de sed y cansancio, mirando cómo los tonos cálidos empezaban a instalarse en el paisaje, llegué hasta el pueblo.
El canto de la quena llamaba a los pájaros. El colectivo se precipitó hacia la derecha y empezó a bajar entre las casas más nuevas y humildes, gastadas por el viento, de ladrillo sin revestir, del mismo color amarillento del piso y las montañas. Las ruedas levantaban el polvo del suelo hasta las ventanillas opacas y todo se diluía en una nube rosada. Entonces el micro se topó contra el río y, doblando a la izquierda, empezó a avanzar por la calle paralela a las barrancas y el cauce deshecho por la sequía. Pasó por la plaza –allí están los pocos árboles del lugar- y entró en la terminal.
Ya estaba parado cuando se abrió la puerta, el polvo que se había colado en el interior del colectivo y la luz dorada que entraba por las ventanillas convertía en sombras azuladas los cuerpos de los pasajeros. Apenas bajé las señoras del pueblo me ofrecieron, como a todos los que bajaban, milanesas, ensaladas, empanadas, tortas, sándwiches, pan, y muchas otras cosas que se iban diluyendo en el aire mientras me alejaba de la estación. Recorrí las calles del centro, deshabitadas, más que otras veces. Algunos chicos que acababan de salir de la escuela caminaban con su guardapolvo, los más viejos se juntaban en boliches pobretones, los más jóvenes a escuchar música en las esquinas, y yo, sin poder detenerme, me juntaba con el crepúsculo que se demoraba, sosteniéndose en el cielo por un tiempo fugaz e indefinido, abrazando todo de los cerros hasta el río. Me senté en la plaza, enfrente de la Iglesia, y escribí que estaba otra vez allí para terminar algo que había empezado hace tiempo, o para no terminarlo nunca. Sabía, mientras escribía, que era para no terminarlo, que ese día era un nudo más en el gran quipu que urde mi mirada. Poco tiempo atrás, en ese mismo banco de la plaza, frente al arco blanco del atrio de la Iglesia, le había escrito a Ricardo Vilca: “Estuve a tu lado, entre tus venas, tus flores, tu gente cálida. Nunca me alcanzarán los colores para agradecerte cada caricia, cada acorde y cada luz que tu instrumento no deja de amasar. Salís de entre cada piedra de este lugar. Vibrante está en la calle tu armonía de vida. El viento trae temblores de tu pueblo. Me mostraste la soledad cobijada en el frío y su dulzura tibia. Y ahora estoy inmerso en tu aura tanteando las huellas de la mística que se vertió en tu música”.

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