Dibujando una collita

Mi línea es cada arruga de su rostro. En su andar, como ella, se detiene y se quiebra, se espesa y desaparece. Mi mano puede sentir su dolor, su paz, y ser su mano, abierta hacia el cielo, con sus dedos tibios sosteniendo la madera, sus nudillos oscuros y chamuscados. El cauce de mi trazo puede abrirse en su ternura y sus ojitos oscuros. Ahí están los tonos, los valores y el contraste, en compartir su sentir profundo, en decir con cada línea su rezo a la par. ¿Dónde dejo mi corazón si no es a su lado?

Una collita sostiene su cruz. Todo su cuerpo está inmerso en la oración. Sus ojos a la sombra. Tantos años de luz amarilla sobre sus párpados le han moldeado el rostro como una ladera de montaña, con largas grietas. La cruz que lleva en las manos es pequeña, la que guarda en lo más puro de su alma es inabarcable. Mira callada a su comunidad, mira con pena y esperanza. Un pañuelo claro le cubre el cabello y resalta su piel ocre, rojiza, dorada. Sus manos llevan la marca de los días en el valle, el olor del barro, el calor de las piedras, la cercanía de las nubes, la comida, familia. Todo en sus manos. Quiero dejar en las líneas y colores que uso para pintarla toda esa unidad espiritual.

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