Abrazo frío

Soy lo que van dejando los demás. Esa pena que ya no les duele, los colores que ya no quieren ver, la canción que se cansaron de cantar. El papel que les sobraba y soltaron, arrugado, en la calle. Todo eso soy. Así, desde mi existencia tibia de pena, color, canción y papel, veo:
De temprano el día me contuvo. Gris. El frío, la llovizna y viento en la calle, en el colectivo, en el tren, me acompañaron. Sólo al volver, de tarde, el sol tiñó de dorado las paredes de las casas de la cuadra, y se puso naranja, y se astilló en un amarillo tenue, y se mezcló con las nubes, finas, y comenzó a declinar, entonces su luz se abrió cuando rozó fugaz la ventana del tren y dejó ver más de él cuando el día ya lo perdía. Entibió mi abrigo frío.
El amanecer sólo existió en mi corazón, el último cielo que había visto era oscuro y azul. La calle seguía fría. Mientras caminaba el sol me dio de lleno en todo el cuerpo por primera vez en todo el día. Lo saludé. Desapareció al instante tras las nubes. El barro se había juntado, con las lluvias, en las esquinas. Los chicos que salían de las escuelas trataban de evitarlo y pisaban con cautela. Mi cielo se llenó de nubes. No estaba nublado de un solo gris, estaba lleno de nubes. Se juntaban, se separaban y dejaban ver formas celestes, se ponían unas encima de otras y se oscurecían, se arrimaban al sol y se volvían cristalinas, se apiñaban contra el horizonte, y así todo el día. Brillaban con la penumbra, se robaban todo el color, se incendiaban. Algo inmenso pasaba allá arriba. Percibí una luz más intensa y naranja en las demás personas.
El otoño se puso más triste que otros otoños. Vi los árboles amarillos, la claridad del cielo débil sobre las hojas secas, el azul grisáceo del cemento, la luz del mediodía iluminando apenas un pasillo opaco, me vi desecho en la claridad de la tarde, al lado de un árbol. Este otoño me dijo que no. El mismo que ayer cantaba lleno de poesía y color. A la noche me asomé a la calle, el viento sacudía las hojas, demasiado sutiles para los troncos duros que las sostenían. Papeles tirados, pedazos de bolsas, tierra sobre las baldosas. Poca luz, menos que penumbra, barrio sin gente, negocios cerrados, rutas arrugadas.
Afuera no había nadie. Nadie. Ni los perros que a la noche siempre vagan o ladran escondidos por las sombras. Nadie. Se habían metido todos en algún lado, hasta los autos. Ni ruido. A penas una hoja ínfima rodando despacito por la calle helada bajo las casas y los árboles pelados incrustados en el cielo gélido de un azul índigo tenso como mi cuerpo que avanzaba por la vereda.

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