Juntos hagamos justicia y exijamos respeto por nuestros pueblos.

Para el acto del 12 de Octubre del 2009, pedí decir unas palabras. Estaba en el norte, en la Fiesta de la Virgen del Rosario, y entre el río y las cajas y los altísimos cerros translúcidos sentí la necesidad de transmitirles a los alumnos del colegio mi experiencia con las culturas aborígenes de nuestro país y del continente. La jornada programada en la escuela terminaba con un encuentro de canciones así que, de noche, cuando el fervor de la fiesta se había sumergido en la pesada oscuridad andina, escribí:
Es mi esperanza hablarles con el corazón en la mano y el ama detenida en el borde de una armonía hecha de melodías y colores que están vibrando hace miles de años.
De los antiguos pueblos americanos que los españoles se encontraron al llegar a América ya no queda nada. La lucha, la desdicha, el tormento, el mestizaje, moldearon nuevas comunidades. Muchas de ellas siguen viviendo en un vínculo profundo con la naturaleza, preservando sus danzas ancestrales, sus instrumentos y su esencia agrícola y espiritual. Muchas de esas comunidades están olvidadas, resisten entre el polvo en una realidad que no las reconoce, las usa y las sumerge en el abandono, que nos separa cada ves más de nuestra tierra, de estos pueblos que vienen sufriendo el desarraigo y la división desde tiempos inmemoriales.
No sigamos agrandando esta distancia, somos parte una misma historia y una misma tierra. Juntos hagamos justicia y exijamos respeto por nuestros pueblos. Comprenderlos estudiando su cultura es hacer justicia, entender que nadie está por debajo ni por encima de nadie es hacer justicia, escuchar a los niños y a los jóvenes es hacer justicia, no maltratar a los compañeros de colegio es hacer justicia, compartir el trabajo con nuestros colegas es hacer justicia, enseñarles a nuestros alumnos el valor de amar es hacer justicia. Rescatar al hombre, de carne y hueso, con sus cielos, sus canciones y esperanzas es hacer justicia. Cantar todos juntos es hacer justicia. Cantar para ver nacer en la escuela el canto del sol, de las cosechas, hacia la magnitud de nuestra América. Por eso, hoy, cantemos, y que nuestra energía llegue a todos nuestros pueblos olvidados, para que sepan, que con respeto y ternura, estamos pensando en ellos.
Ahora, tiempo después, leyendo un texto de Leonardo Boff –teólogo- encuentro estas palabras:
“Justicia es dar a cada uno lo que le corresponde. Justicia es tener una relación adecuada con la naturaleza de cada cosa. Justicia es, por lo tanto, una relación y una actitud correctas, exigidas por cada situación. En ese sentido, lo importante es conocer mínimamente las cosas con las cuales nos relacionamos y las situaciones con las cuales nos confrontamos, para poder tener una actitud y una relación adecuada y justa.
Justicia es tratar al ser humano como conviene a un ser humano: con aceptación, con simpatía y respeto a su alteridad. Justicia es tratar a los niños como conviene a los niños: cuidando que tengan un hogar, velando por su inocencia y organizando la salud y la educación infantiles. Justicia es realizar la política como debe ser, esto es, con cuidado para la cosa pública. Justicia es tratar a un animal como corresponde: respetando su existencia, cuidando las condiciones que le permitan vivir y reproducirse, garantizando su lugar en la comunidad de los seres vivos, como compañero de los seres humanos en la aventura de la vida. Justicia es tratar el cáliz sagrado como conviene a las cosas sagradas, guardándolo en un lugar especial y separado, en reverencia por su carácter simbólico. Justicia es tratar a la escoba como conviene, sin colocarla en el centro de la sala, sino en un lugar apropiado, cuidando que realice su naturaleza de limpiar.”
Este pasaje del libro “La oración de san Francisco -Un mensaje de paz para el mundo-” lo deja bien clarito: hay que ser justos y hacer justicia, en el mundo y en nuestra Latinoamérica, tan desbalanceada y fuera de su centro.
Una mañana fría avanzaba por el fondo de una grieta deshecha en la quebrada. El viento deshacía los cerros, la calle, el barro de las casas, y sumía todo en la ambigüedad y la opacidad más clara y trasparente que había visto entre los cerros. Se me venían encima, como la polvareda amarilla, estrofas de una canción que canta, desgarrada y conmovida, Luzmila Carpio: mujeres, hombres y niños, pueblos del Tawantinsuyu, juntos hagamos justicia y exijamos respeto por nuestros pueblos. Tata Inti, Madre Tierra, charango jilguero mío, canto por las bellas flores… Era un nuevo comienzo -otro despertar de mi alma- en una historia que ya había empezado, y sigue.  

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